Mientras llegan los “carritos” del Bienestar, en Sonora faltan medicamentos y personal

Gerardo Ponce de León Ramos / Reportes PDL

Según la “Sheinbaumpedia”, una plataforma que permite buscar cuántas veces la presidenta ha dicho una palabra en sus mañaneras, Claudia Sheinbaum ha mencionado “medicamentos” más de 4,134 veces; y eso dice mucho. Uno no repite tantas veces un tema cuando ya está resuelto. Cuando algo funciona, se menciona poco; cuando algo falta, se convierte en obsesión. Se habla de él en promesas, en justificaciones, en anuncios, en explicaciones. Se vuelve palabra fija porque es un problema fijo.

En México, hablar de medicamentos es hablar de un dolor que lleva años: la falta de abasto, la escasez de personal médico, la ausencia de tratamientos, la incertidumbre del paciente y la saturación del sistema. Ya gastamos miles de millones en la famosa megafarmacia y, aun así, no alcanzamos tapar un hoyo cuando sale otro.

Ahora aparece una nueva apuesta del gobierno federal: los módulos móviles de Farmacias del Bienestar, mejor conocidos como los “carritos del bienestar”. La idea, en teoría, es sencilla y hasta lógica: llevar los medicamentos a donde la gente está, acercar la farmacia a la colonia, al pueblo, a la periferia.

También hay que ser claros: este modelo no es nuevo ni es una ocurrencia improvisada. Es algo que se ha hecho en varios países como Brasil, Estados Unidos, Canadá, Australia, entre otros.

Pero hay tres diferencias sencillas y decisivas que hacen que una buena idea, en lugar de convertirse en una solución, termine siendo un fracaso e incluso una burla para muchas personas:

-No existe un abasto real y constante de medicamentos.

-No hay personal suficiente para operar los módulos ni para dar continuidad al tratamiento.

-No hay integración total con clínicas y hospitales, lo que los convierte en islas desconectadas y no en parte de un sistema funcional.

Y cuando bajamos esta discusión a lo local, la idea no cambia mucho. Lo vemos en las protestas del personal del Hospital General de Especialidades, que ha tenido que trabajar bajo protesta durante meses por falta de insumos. Lo vemos en la historia de una niña de 5 años que murió por la picadura de un alacrán tras no recibir a tiempo el suero antialacrán, cuya escasez ya se había advertido. Lo vemos en el aumento de casos de sarampión, una enfermedad que estaba erradicada y que regresó por falta de vacunación.

Al final, los “carritos del bienestar” no son el problema: son el síntoma. El intento de tapar con ruedas lo que no se ha querido arreglar con decisiones, planeación y compromiso real. Y hasta ahora, todo apunta a que esta apuesta está más cerca de convertirse en otra estrategia fallida que en un verdadero avance para la salud.