El Código Ahí te hablan Claudia…

Manuel Fernando López

El epígrafe, es aplicable tanto a la gobernadora de apellidos Pavlovich Arellano como a la fiscal de Sonora, Claudia Indira Contreras; ambas están obligadas a informar –¡pero ya!—todo lo referente a la “desaparición” de Cecilia Yépiz Reyna, funcionaria del ayuntamiento de Nogales.
La fiscalía, su titular se ve lenta en actuar al respecto: tan sencillo decir que tiene el caso en sus manos y, así parar tanta manipulación en la frontera; sobre todo en tiempos electorales, donde abundan los “pescadores” de estas situaciones.
Un Nogales, conducido por Jesús Pujol Irastorza y, al cual en aras de bloquearlo rumbo a la reelección como alcalde, le achacan hasta el “mal tiempo” en dicha frontera; todo con base en aquello de “difama que algo queda”.
El desgraciado caso de Cecilia Yépiz Reyna, ha sacado a la luz, lo más miserable de la condición humana; sobre todo de muchos “periodistas” impuestos desde hace tiempo a medrar y a chantajear y, ¡aay! donde algún funcionario público les diga que no a sus ambiciones, porque de inmediato aducen que lo anterior “es un atentado a la libertad de expresión”.
Bien por Alfonso Durazo Montaño, en su reciente visita a Nogales donde manifestó su solidaridad con la familia de Cecilia y, exigió tanto a la gobernadora como a la fiscal resultados al respecto o en su defecto, información del caso.
En realidad muchos de estos especímenes desde hace rato son un atentado a la libertad de expresión: fatuos, ignorantes, soberbios; la mayoría no soportan un examen de redacción, menos de cultura general.
El chantaje ha sido siempre su arma “periodística” ; se sienten merecedores de todo y dadores de nada: invertebrados que como tales saben plegarse al poder en turno, todo para seguir mamando del presupuesto.
Todas estas hienas, esta jauría se han lanzado contra el alcalde de Nogales, prácticamente acusándolo de haber secuestrado a su funcionaria –¡por Dios!—obviando su inmensa obra: verbigracia su enorme obra, la ampliación del periférico Luis Donaldo Colosio que había quedado como un camino de carretas; una auténtica vergüenza frente al vecino de enfrente.

¡Alea jacta est!