Lamarque y aquel gesto…

Manuel Fernando López

Corría el trienio de Javier Lamarque Cano como alcalde de Cajeme y, este reportero estaba a cargo de los corresponsales en Sonora en el desaparecido periódico Independiente.

Mejor testigo de lo ocurrido entonces, es el profesor Miguel Angel Vega Camacho a cargo de la corresponsalía en Ciudad Obregón y, quien mandó a la redacción –la sección era la REGIONAL—una nota sobre una tragedia ocurrida sobre la carretera a Vícam y, que a la postre le redituara un premio de periodismo y, por supuesto un recuerdo que se irá con él por siempre.

En síntesis: a la orilla de la carretera, hallaron el pequeño cuerpo de un niño, que luego se supo fue violado y quemado su tierno cuerpo con cigarrillos; de este tamaño fue la infamia causada por el padrastro que procedente de Los Angeles viajaba rumbo a Michoacán con la madre del infante y, quien permitió lo anterior por sabrá Dios que razones.

Ningún dato, cero información sobre dicho drama y, aquel “Angel sin Nombre” como titulé aquel hecho en el periódico, permaneció muchos días en la morgue en aras de saber quién era, de dónde vino, etcétera, etcétera.

Cuando la autoridad decidió sepultarlo, ordené al profesor Vega y empleados de la corresponsalía, que por todos los medios, al niño en mención le consiguieran una sepultura digna y, además le oficiara un sacerdote una misa en su pequeña tumba.

Acompañaron al pequeño cajón hasta el panteón del Carmen dichos reporteros y, ordené en su tumba el siguiente epitafio; “Quiero que los pájaros encuentren granos de trigo y agua en mi sepulcro”.

Fue clave dicho trabajo periodístico para que la Interpol pudiera localizar al padrastro asesino, quien compurga prisión de por vida en Los Angeles y, que finalmente supiéramos el nombre de aquel inocente: Edwin; sobre su tumba me narró Miguel Angel Vega nunca faltaban las flores.

¿Y, cuál fue el papel de Javier Lamarque Cano? : mostró su lado humano y generoso en aquella tragedia que nos marcó a todos de por vida.

Enorme el reto para él; allá en una olvidada tumba está la firma de un buen hombre.

¡Alea jacta est¡