Todas las corcholatas del Presidente

Por: Pascal Beltrán del Río

Cada quien tendrá su explicación de por qué decidió el presidente Andrés Manuel López Obrador abrir tan pronto el juego de la sucesión. A mi juicio, no hay que darle muchas vueltas: los resultados de las elecciones del 6 de junio en la Ciudad de México lo tomaron por sorpresa y se vio obligado a salir en auxilio de quien ha sido, desde el principio de su gobierno, su evidente favorita: Claudia Sheinbaum.

No lo digo ahora. Justo cuando ambos acaban de tomar posesión de su respectivo cargo —la primera vez en 21 años que quienes ocupaban Palacio Nacional y el Antiguo Palacio del Ayuntamiento provenían del mismo partido político—, escribí en este espacio que no había en el entorno de López Obrador alguien más cercano que ella.

En La Dilma de AMLO, mi Bitácora del 11 de diciembre de 2018, planteé que Sheinbaum tendría la oportunidad de repetir en México lo que ya se había dado en Brasil en 2010, cuando el presidente de ese país, Luiz Inácio Lula da Silva, impulsó para sucederlo a su jefa de asesores Dilma Rousseff.

Recordé que, en 2017, López Obrador había metido el hombro para que Sheinbaum fuera designada ganadora de una cuestionada encuesta para definir la candidatura de Morena a la jefatura de Gobierno, y que cuando ella protestó su cargo, cinco días después que él, el Presidente dijo que le daba gran tranquilidad que Sheinbaum estuviese al frente de la ciudad mientras él se ocupaba del resto del país, una expresión que el tabasqueño no había tenido —y sigue sin tener— para alguien más de su equipo.

Cada vez que ha hecho falta, López Obrador ha salido en auxilio de Sheinbaum. La más reciente, el 17 de mayo pasado, después del desplome de la Línea 12 del Metro, cuando —en el acto para conmemorar los 700 años de la fundación de Tenochtitlán— se refirió a ella como “una mujer excepcional”. Por cierto, a esa ceremonia acudió como invitada Dilma Rousseff (La incondicional, 18 de mayo de 2021). Esa hipótesis se refuerza con el hecho de que la jefa de Gobierno sigue negando sus aspiraciones presidenciales. A pesar de que en dos actos públicos recientes —uno de ellos organizado por Morena— ha sido ovacionada con gritos de “¡pre-si-denta!”, en muestras de simpatía evidentemente orquestadas, ella repite que está dedicada a su trabajo en la capital. Como dice el dicho, ¿para qué quiere la clara del huevo si a todas luces cuenta con la yema?

En ese sentido, caen de perlas a Sheinbaum la lista de potenciales sucesores (“corcholatas”) divulgada por López Obrador y el hecho de que Marcelo Ebrard haya abierto su propio juego, porque así no tendrá que desgastarse sola. Y la ruleta del futurismo, que a todos los mexicanos les gusta jugar, puede servir para borrar el recuerdo del desplome de la Línea 12 y la debacle electoral. De ahora en adelante, ella sólo estará para dar buenas noticias y cortar listones, pues cuando surjan temas espinosos o desagradables, éstos serán atendidos por el nuevo secretario de Gobierno, Martí Batres, enviado por Palacio Nacional para funcionar como pararrayos.

López Obrador parece convencido de que su popularidad alcanza para que pueda sucederlo su persona favorita, algo que le ha sido negado a los últimos cinco presidentes. Pero pese a que la oposición no muestra la fuerza que se requiere para alcanzar por sí sola el poder, es válido preguntarse si Sheinbaum, que fue incapaz de retener el principal bastión de Morena, logrará romper la maldición de los gobernantes capitalinos, que hasta ahora no han podido cruzar los 200 metros del Zócalo y meterse en Palacio Nacional.         
buscapiés

El sábado, en Ocoyoacac, Estado de México, Marcelo Ebrard anunció sus intenciones de buscar la Presidencia en una comida a la que asistió un centenar de personas cercanas. En 1987, en el rancho Los Barandales de ese mismo municipio, la Corriente Democrática del PRI se dio a conocer en una comida organizada por Manuel Moreno Sánchez, cuya hija, Carmen Moreno, estuvo en la reunión con Ebrard. Igual que aquellos priistas hace 34 años, el canciller empezará a remar en las aguas del oficialismo, tratando de ganarle la candidatura a la persona favorita del Presidente.