De Peña a López Obrador: ¿la educación está mejor o peor?

Gerardo Ponce de León / ReportesPDL

La penosa salida de Marx Arriaga Navarro me obligó a voltear hacia atrás y preguntarme cómo hemos llegado hasta aquí en la política educativa mexicana.

No creo que todo lo hecho durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador haya sido negativo, ni que el sexenio de Enrique Peña Nieto represente el modelo ideal que deberíamos recuperar.

Ambos gobiernos tuvieron aciertos y errores. El problema es que la educación terminó atrapada entre dos extremos: la exigencia institucional y la narrativa política; y como siempre, los estudiantes quedaron al final.

Peña Nieto: Pacto Por México

La reforma de 2013 puso la evaluación en el centro. Ahí tomó fuerza el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE), el organismo encargado de medir cómo estaba funcionando el sistema educativo. No era la SEP ni dependía directamente del presidente; tenía autonomía y debía evaluar resultados y desempeño docente.

Con la reforma, esa evaluación quedó ligada al ingreso, promoción y permanencia de los docentes.

Lo bueno:

Concursos de oposición para ingreso y promoción: se buscó terminar con la venta y herencia de plazas, estableciendo reglas más claras basadas en mérito.

Impulso a escuelas de tiempo completo: se amplió la jornada escolar en muchos contextos vulnerables para fortalecer aprendizajes y apoyar a familias trabajadoras.

Se puso la calidad sobre la mesa: por primera vez en años el debate público giró alrededor de desempeño docente y resultados.

Lo malo:

Diseño muy centralizado: muchas decisiones se tomaron desde lo federal sin suficiente margen para realidades locales.

Mismo examen, contextos distintos: se exigieron estándares iguales en estados con condiciones completamente desiguales.

Pocos resultados visibles: aunque se habló mucho de evaluación, no hubo mejoras claras en el aprendizaje. En pruebas como OCDE PISA, México se mantuvo prácticamente en el mismo nivel, sin avances estructurales que pudieran atribuirse directamente a la reforma.

Había reglas más firmes, pero eso no necesariamente se tradujo en mejores resultados.

López Obrador: La Nueva Escuela Mexicana 

En 2019 se impulsó una contrarreforma. La promesa fue cancelar lo que se consideraba un modelo “castigador”. Se eliminó el Servicio Profesional Docente y desapareció el INEE. En su lugar se creó la Comisión Nacional para la Mejora Continua de la Educación (Mejoredu), con un enfoque menos sancionador.

La llamada Nueva Escuela Mexicana, impulsada desde la Secretaría de Educación Pública, no es absurda por definición. Cambiar el enfoque puede ser válido. El problema fue cómo se implementó.

Lo positivo:

Se desvinculó la evaluación del castigo laboral: bajó la tensión con el magisterio y se cambió el discurso hacia acompañamiento y formación.

Enfoque en equidad: el modelo puso en el centro a comunidades marginadas, educación indígena y desigualdad estructural.

Transformación curricular: se reorganizaron contenidos en campos formativos y proyectos más integradores.

Lo malo:

Retroceso en resultados: en la evaluación más reciente de OCDE PISA, México cayó en matemáticas y ciencias y se estancó en lectura. La pandemia influyó, sí, pero los cambios estructurales tampoco mostraron mejoras claras en habilidades básicas.

Implementación apresurada: los nuevos libros y programas llegaron en medio de polémica pública y ajustes de último momento, lo que afectó su legitimidad.

Según explicó el Dr. Guillermo López Franco en entrevista con Soledad Durazo, los nuevos libros de texto salieron antes de que el modelo completo estuviera claramente presentado. Primero llegaron los libros; después, la explicación.

Menos herramientas para comparar: al desaparecer el INEE y cambiar el esquema de evaluación, dejó de haber pruebas nacionales fuertes y constantes que permitieran comparar con claridad cómo están aprendiendo los alumnos entre estados y a lo largo del tiempo. Y sin datos comparables, es más difícil saber si realmente estamos mejorando.

Se redujo el conflicto político. Pero quedó la duda sobre cómo medir avances de manera clara.

Conclusiones: ¿hacia dónde va la educación en México?

La educación nunca ha sido neutral. Siempre responde a una visión de país, a una idea de sociedad y a una apuesta sobre el futuro. No está mal hablar de justicia social, ni estuvo mal hablar de mérito y evaluación. El problema no es la visión; el problema es cuando la visión sustituye lo técnico.

Con Claudia Sheinbaum la gran oportunidad no es borrar lo anterior ni cargar más el discurso hacia un lado. Es hacer que funcione. Mantener lo que sirva, corregir lo que no y, sobre todo, asegurarse de que podamos medir si realmente estamos mejorando.

Al final la educación es lo que nos va a definir en el futuro, y si queremos tener un buen futuro tenemos que apostarle a la educación de nuestr@s niñas, niños y adolecentes; que ellos sean el tema principal.