infobae
La adjudicación de un contrato para construir ocho nuevos buques anfibios refleja un cambio en la doctrina militar de Washington frente al avance de Beijing. En Infobae a la Tarde, el analista Andrei Serbin Pont explicó por qué esta decisión forma parte de una estrategia para contener a China
La decisión de Estados Unidos de avanzar en la construcción de ocho nuevos buques anfibios para la Infantería de Marina puede parecer, a primera vista, una adquisición más dentro del enorme presupuesto del Pentágono. Sin embargo, detrás de ese contrato se esconde una transformación mucho más profunda: Washington está redefiniendo la manera en que se prepara para un eventual conflicto con China en el Indo-Pacífico. Para el analista internacional Andrei Serbin Pont, se trata de una de las señales más claras de que el foco estratégico estadounidense está puesto en contener el crecimiento militar chino mediante una doctrina completamente distinta a la que predominó durante las últimas décadas.
Durante su columna en Infobae a la Tarde, Serbin Pont sostuvo que la preocupación de Washington por Beijing atraviesa hoy prácticamente todas las decisiones vinculadas a defensa. “La obsesión de Estados Unidos con China es real. Hay un operativo cerrojo sobre el avance chino en la región”, resumió. Esa idea, explicó, ayuda a entender por qué el Pentágono comenzó a priorizar nuevas capacidades militares orientadas a controlar los principales corredores marítimos del Pacífico antes que a proyectar fuerza mediante grandes grupos de combate.
Un contrato que revela un cambio de doctrina
El punto de partida de ese cambio fue la adjudicación de un contrato para construir ocho buques de desembarco anfibio de la nueva clase McClung, bautizada en homenaje a la mayor Megan McClung, la primera oficial de la Infantería de Marina estadounidense fallecida en combate durante la guerra de Irak en 2006. Aunque pueda parecer una incorporación más dentro del programa de modernización de las Fuerzas Armadas, Serbin Pont consideró que el verdadero significado del anuncio radica en el cambio doctrinario que representa.
“Hubo una noticia la semana pasada que es importante y tiene que ver con un nuevo contrato de la Infantería de Marina norteamericana para la adquisición de buques de desembarco anfibio. Estados Unidos compra equipamiento militar todo el tiempo, pero estos ocho buques anfibios livianos representan un cambio doctrinario”, afirmó.
Según explicó, estas embarcaciones fueron diseñadas específicamente para transportar tropas, vehículos y equipamiento hacia costas donde no existe infraestructura portuaria. Esa característica les permite operar sobre pequeñas islas y establecer posiciones avanzadas con rapidez, una capacidad que hoy resulta central para el escenario que proyecta el Pentágono. “Esta clase de buques está diseñada específicamente para operaciones anfibias y permite transportar tropas y equipamiento hacia costas no preparadas. Eso es crucial para el tipo de operaciones que Estados Unidos imagina en el Pacífico”, señaló.
El especialista remarcó que la lógica ya no consiste en concentrar la capacidad militar en unas pocas plataformas de gran tamaño. Por el contrario, la nueva doctrina apuesta por multiplicar los puntos de despliegue y distribuir las fuerzas en un entramado de pequeñas bases avanzadas capaces de sostener operaciones durante un conflicto de alta intensidad.
El “operativo cerrojo” sobre China
Ese cambio doctrinario responde directamente a la geografía del Indo-Pacífico. Frente al litoral chino se extienden dos grandes cadenas de islas que, desde hace años, ocupan un lugar central en la planificación militar tanto de Washington como de Beijing. Para Serbin Pont, comprender esa configuración geográfica es fundamental para entender la estrategia estadounidense.
“Como ven, en rojo está China y aparecen dos cadenas de islas. La primera va desde Japón, pasa por Taiwán y Filipinas, y es fundamental porque permite restringir la capacidad de proyección de la Armada china hacia el Pacífico”, explicó.
La denominada primera cadena de islas constituye la principal línea de contención. Desde la perspectiva estadounidense, controlar ese corredor permitiría limitar la salida de la flota china hacia el océano Pacífico y, al mismo tiempo, reforzar la defensa de aliados estratégicos como Japón y Filipinas. La segunda cadena funciona como una profundidad defensiva adicional, desde donde Estados Unidos puede sostener operaciones militares, garantizar el abastecimiento logístico y proyectar fuerza si el conflicto escala.
En ese contexto, Serbin Pont definió toda esa arquitectura militar como un operativo cerrojo. “La expectativa es que, en caso de conflicto, China busque ejercer control sobre estas islas, especialmente Taiwán. Lo que intenta hacer Estados Unidos es exactamente lo contrario: impedir que esa proyección naval se consolide”, explicó. Según su análisis, no se trata de rodear físicamente a China, sino de controlar los pasos marítimos que necesita para proyectar poder más allá de su costa.
Menos portaaviones y más movilidad
La transformación también supone un cambio profundo en la forma en que Estados Unidos concibe una guerra naval. Durante décadas, la superioridad estadounidense descansó sobre grandes grupos de combate encabezados por portaaviones capaces de operar prácticamente sin restricciones en cualquier océano. Sin embargo, el crecimiento del poder militar chino obligó al Pentágono a revisar ese modelo.
“La idea es desembarcar pequeñas unidades con armamento que pueda negar el acceso a los buques chinos. Es una reformulación de la doctrina militar estadounidense, que ahora prioriza bases avanzadas y equipamiento mucho más ágil y menos vulnerable”, explicó Serbin Pont.
A juicio del analista, esa decisión responde directamente al desarrollo de capacidades militares por parte de Beijing durante los últimos años. “China produce enormes cantidades de misiles, aviones de combate y misiles balísticos antibuque para impedir que Estados Unidos y sus aliados puedan acercarse”, sostuvo. Frente a ese escenario, Washington busca desplegar fuerzas más dispersas y difíciles de neutralizar, capaces de operar desde múltiples puntos del Pacífico y sostener una estrategia de negación del acceso similar a la que China desarrolló para proteger su propio litoral.
Taiwán, el centro del tablero estratégico
Gran parte de esta planificación tiene como telón de fondo un eventual conflicto por Taiwán. La isla no solo ocupa una posición estratégica dentro de la primera cadena de islas, sino que además concentra buena parte de la producción mundial de semiconductores avanzados, indispensables para industrias como la inteligencia artificial, la electrónica y la defensa.
“La expectativa es que, en caso de conflicto, China busque ejercer control sobre estas islas, especialmente Taiwán, por toda la capacidad tecnológica que concentra”, afirmó Serbin Pont. En ese sentido, consideró que cualquier intento de modificar el equilibrio militar en torno a la isla tendría consecuencias que irían mucho más allá del plano regional y afectarían directamente a la economía global.
La otra batalla: la capacidad de producir
Más allá del plano estrictamente militar, Serbin Pont advirtió que la principal ventaja china hoy no pasa únicamente por la cantidad de misiles o de buques que puede desplegar, sino por una capacidad industrial que Estados Unidos perdió parcialmente después de décadas de deslocalización productiva.
“China sigue apostando a la producción porque ahí está su ventaja. Hoy produce 250 veces más buques por tonelaje que Estados Unidos”, afirmó. Según explicó, esa diferencia tampoco se limita a los astilleros militares. “Incluso los buques civiles se fabrican bajo estándares militares, lo que les da capacidad de uso dual. China apuesta a ganar la guerra produciendo más que nadie. Así como produce buena parte de los bienes que consume el mundo, también fabrica misiles, buques y armamento a una escala muy superior”.
Para el analista, esa realidad obliga a Washington a pensar el desafío chino desde una perspectiva mucho más amplia que la puramente militar. “Estados Unidos enfrenta el desafío de haber tercerizado durante décadas su capacidad industrial, mientras China se consolidó como una potencia manufacturera. Por eso, la competencia ya no es solamente tecnológica o militar, sino también una disputa por la capacidad de producir a gran escala”, concluyó.
La incorporación de estos ocho nuevos buques anfibios representa, así, mucho más que una compra de equipamiento. Detrás del contrato aparece una transformación estratégica que redefine la forma en que Estados Unidos planea un eventual conflicto en el Indo-Pacífico. Para Serbin Pont, el verdadero cambio no está en los barcos en sí mismos, sino en la lógica que los explica: una doctrina pensada para contener la expansión china mediante fuerzas más móviles, una red de posiciones avanzadas sobre las cadenas de islas y una competencia que, además de disputarse en el mar, también dependerá de cuál de las dos potencias sea capaz de sostener su esfuerzo industrial a largo plazo.

































