Mi Pastor, mi mesías, mi Dios, mi todo…

Rastrillando                                                                                                                              20/09/2024

Mario Munguía Murillo

En la historia de la humanidad, existe un común denominador: un Dios al que, sin conocerlo, lo invocan, le sacrifican un niño o joven mujer cuya sangre y corazón levantan al cielo en busca de una respuesta. Respuesta que nunca llega.

Durante miles de años, así ha sucedido; pero, en ese transcurrir del tiempo, sus representantes aquí en la tierra –el hombre más fuerte y astuto de la tribu–, han ido mejorando las formas de exhibir su presencia de diferentes maneras: serpiente, algún animal que siempre es un felino, jaguar, por ejemplo, incluso hasta la muerte.

En realidad, hasta el día de hoy, la creencia de un ser divino es una reacción a lo desconocido, pero principalmente al miedo a vivir y a la muerte.

Dioses mitológicos como Quetzalcóatl (México), Zeus (Griego), Horus (Egipcio), Pawahtún (cargador del cosmos) Maya, entre muchos más; cada región en el mundo donde vivan tribus de homos, estos crearan su propio Tlatoani, y, siempre habrá un pastor que guie a sus ovejas.

Existen tantos Dioses como eventos naturales: lluvia, Sol, Luna, fuego, relámpago y trueno, estrellas, etcétera; incluso animales, hasta la vaca –en la India–.

Así ha sido desde la creación de la humanidad; esta escrito en la Biblia, pero también en el Quijote de la Mancha, en Siddhartha de Hermann Hesse y en muchas obras literarias escritas por el hombre y mujer.

Bueno, después de esta reflexión histórica filosófica, el punto es que, aquí, en el México moderno, hoy, hemos regresado al periodo histórico de la Mesoamérica antes de la colonización –conquista dicen algunos académicos– peninsular.

Me explico. En aquella época las tribus ejercían su poder en base a la ferocidad que ejercían ante sus opositores a quienes esclavizaban para utilizarlos como sirvientes he incluso, los sacrificaban a sus dioses para reafirmar su poder ante sus súbditos. Cuenta la leyenda que hasta los hacían pozole. Está documentado.

Los mexicanos/mejicanos de hoy, han creado un nuevo líder, un mesías, un Tlatoani, un pastor que los guía cada mañana desde su pulpito en el Palacio edificado por aquellos conquistadores monárquicos.

Sus lacayos, hoy, lamentan hasta las lagrimas su inminente partida; su final, como primer mandatario está por concluir, pero su legado permanecerá en la figura de una mujer que, sumisa, acepta continuar con la transformación aun no explicada a ciencia cierta.

Pero eso es lo de menos, lo importante es seguir recordando al prócer del humanismo mejicano –en minúscula y con J de jodidos–; sus bufones en poéticas palabras dicen:

Layda Sansores: “Has venido a levantarnos del polvo. Has logrado convertir las piedras en surco […] Traigo permanentemente un nudo en la garganta, vivo tragándome las lágrimas y para recordarte, en una mezcla de felicidad y pérdida, iré por el jardín de mis delicias a arrancar una flor de sangre para ponérmela en el pelo”.

Epigmenio Ibarra: “…a mí que llegué a creer que moriría con la lápida del régimen autoritario y corrupto sobre mis espaldas, me devolviste la esperanza y me diste razones y fuerza para seguir luchando. No estarás solo cuando abraces a los árboles y escuches a los pájaros allá en tu finca; estaremos millones contigo”.

¡Viva el amor! Grito el camarrrada López, recordando a Ixchel (diosa del amor entre los Mayas) ante miles de plebeyos que lo miraban hacia arriba –inalcanzable–, con un nudo en la garganta, con lagrimas surcando sus morenas caras presentándole su imagen impresa en grandes y pequeños pedazos de papel; ahí estuvieron suspirando, contemplando al hombre, su Dios, su Tlatoani.

¡Larga vida al Rey de reyes!

Pero mejor a’i se las dejo… mientras esto sucede; la realidad un día despertara a las tribus hipnotizadas por las palabras de un truhan…¡¡¡SARAVAH!!!